La mañana del 2020, oscura y fría, se despertó bajo una lluvia incesante que no daba tregua. A las 5 de la mañana, ocho corredores se encontraban en la Plaza Castilla, listos para enfrentar el reto de los 103 km que les llevaría desde Madrid hasta Segovia. Era el año de la pandemia, un año que nos había enseñado a adaptarnos a lo inesperado, a ser resilientes, a seguir adelante a pesar de las adversidades. Y esa sensación de incertidumbre, de estar en un momento histórico tan único, nos acompañaba mientras nos preparábamos para lo que vendría. La lluvia, el viento y la baja temperatura parecían querer intimidarnos, pero nosotros, con el corazón lleno de determinación, sabíamos que la batalla no era solo contra la montaña, sino contra nosotros mismos.
Desde el primer paso, los primeros kilómetros fueron compartidos. Empezamos corriendo juntos, los ocho corredores, en un espíritu de unidad y motivación. Era el inicio de la aventura, y aunque sabíamos que el reto era grande, nos sentíamos fuertes, apoyándonos unos a otros mientras atravesábamos Tres Cantos, luego Colmenar Viejo y Manzanares el Real. La sierra a lo lejos nos observaba, imponente. El clima no daba tregua, y el terreno estaba mojado, resbaladizo, pero esa camaradería inicial nos ayudaba a avanzar.
A los 40 km, sin embargo, la primera despedida llegó. Un compañero, ya agotado por el esfuerzo, decidió retirarse. La fatiga, el dolor y las condiciones extremas del clima lo llevaron a tomar esa difícil decisión. Con su partida, una parte del grupo se disolvió. El sacrificio de abandonar no fue fácil, pero entendimos que el reto era grande y la montaña no perdonaba. Seguí corriendo, acompañado por otro compañero, pero a medida que los kilómetros pasaban, el desgaste era evidente en ambos. El tiempo, la lluvia y el viento no nos daban tregua, y a los 60 km, otro de los compañeros decidió poner fin a su aventura. Así, a medida que la carrera avanzaba, la soledad comenzó a hacerse presente. Ya solo quedábamos cinco.
La lucha se intensificaba. Cada uno de nosotros, aunque rodeado por el silencio de la montaña, sentía esa conexión invisible que solo los corredores de larga distancia entienden. Esa conexión que nos empuja a seguir, a no rendirnos, a hacer frente a las horas interminables de esfuerzo y sacrificio. No se trataba solo de completar los kilómetros, se trataba de la transformación que ocurre mientras corres, de las lecciones que aprendes con cada zancada, de la aceptación del dolor y la incertidumbre.
Y cuando llegó la última subida, la temida Fuenfría de 9 km, nos esperaba la prueba más dura. La montaña, implacable, nos exigió más que nunca. La lluvia y el viento golpeaban con fuerza, y nuestros cuerpos ya estaban al límite. La mente quería rendirse, pero el espíritu nos impulsaba a seguir. A medida que ascendíamos, la sierra nos mostraba toda su dureza, pero lo hacíamos con determinación. Fue en ese momento, cuando el sonido del viento se apoderaba de todo, que vi algo que marcó un punto de inflexión: un lobo, a lo lejos, en la oscuridad del bosque. Era una imagen fugaz, pero clara. El lobo, con su figura solemne, parecía estar observándonos, como si la naturaleza misma nos acompañara en ese momento tan crucial. Un suspiro recorrió mi cuerpo, y sentí como si esa presencia salvaje me diera la fuerza para seguir.
Finalmente, después de esa subida interminable, llegaron los últimos 19 km hacia Segovia. A pesar de lo cerca que estaba, esos 19 kilómetros se hicieron eternos. Ya solo quedábamos cuatro, los elegidos que, a pesar de todo, no habíamos dejado que el cansancio ni las condiciones nos vencieran.
Al cruzar la meta, Segovia nos recibió con su histórica belleza, pero lo verdaderamente importante no era la meta en sí misma. Lo que había sucedido antes, lo que nos había hecho seguir adelante a pesar de la lluvia, el frío, la soledad y la fatiga, era lo que realmente importaba. Llegar a Segovia, en ese momento, no era solo una victoria física, sino una victoria del espíritu. Porque lo más importante no fue alcanzar la meta, sino haber estado en esa salida, haber aceptado el reto, habernos adentrado en la montaña con todo lo que eso conlleva: sacrificio, incertidumbre y la lucha constante con uno mismo.
Al final, solo cuatro de los ocho conseguimos llegar. Los demás compañeros se retiraron, pero no dejaron de ser parte de esa aventura, de esa lucha. Porque lo que realmente importa, en la vida y en las carreras largas, no es solo llegar a la meta, sino el coraje de haber salido, de haber dado el primer paso en una aventura que nos cambia, nos enseña y nos fortalece. Y eso, solo eso, es lo que hace al corredor de montaña un verdadero guerrero. La lección final fue clara: lo importante no es solo llegar, es estar en esa salida, es haber tenido el valor de enfrentarse a lo desconocido y de seguir adelante, paso a paso. Solo así, como aquellos cuatro elegidos, pudimos llegar a Segovia, con la certeza de que el verdadero premio estuvo en la aventura misma.