Viajar hacia dentro, aunque el tren vaya al norte

He tenido que asimilar y asentar un viaje como Japón. No se vuelve igual de un sitio así. Uno necesita tiempo para entender lo vivido, para digerir los paisajes y las emociones que se cuelan sin pedir permiso. Japón no es un destino, es un espejo. Y como todo espejo, te muestra cosas que a veces preferirías no ver… y otras que no sabías que tenías dentro.

Kioto-Maruyamacho

No sé si fue el calor de agosto o el aire japonés, que huele a incienso aunque no haya incienso, pero algo se desplazó dentro de mí en ese viaje. Viajé con Irene. O mejor dicho: con Irene todo el viaje tuvo sentido, incluso los silencios del metro, los ruidos suaves de los templos, los pasos descalzos sobre la madera que cruje con historia.

Todo empezó en Osaka, que nos recibió como un pulso eléctrico, una ciudad donde la vida vibra desde las pantallas hasta los puestos de comida callejera. Luego vino el contraste: Joyasan, con su espiritualidad de altura, su niebla quieta y ese silencio que no pesa, sino que acompaña.

Himeji apareció con su castillo blanco, impecable como una página en blanco que alguien había dejado ahí por error. En Hiroshima el tiempo se detuvo. Caminamos entre ruinas y memorias que aún duelen. En Nagoya pasamos casi de puntillas, como si estuviéramos de visita en una casa que no es del todo nuestra. Y Takayama fue como volver al origen: madera, montaña, una calma que se cuela bajo la piel. En Matsumoto, un castillo negro nos enseñó que también lo oscuro puede ser hermoso.

Tokio fue otra cosa. Una coreografía de neones, trenes y personas que saben exactamente hacia dónde van. Nosotros no. Nosotros deambulábamos con la extraña alegría de estar perdidos a propósito. De aprender a no controlar nada.

Kiyomizu-Dera

De vuelta an Osaka, el viaje tenía ya otro peso. No era la misma ciudad ni éramos los mismos. Algo había cambiado, y aunque no lo veíamos en el espejo, lo sentíamos al caminar.

En Kioto, días atrás, habíamos entrado en un templo donde no se podía entrar. Nos sentamos justo al otro lado del cartel que decía “prohibido pasar”. Irene cerró los ojos. Yo los abrí como si viera por primera vez.

Kioto-Kiyomizu

Y luego está lo universal. Ese otro plano donde todos coincidimos aunque vengamos de mundos distintos. En Tokio visitamos el mundo de Mario Bros, y de repente me vi saltando ladrillos invisibles, como cuando en la vida uno se eleva para esquivar lo cotidiano. En Osaka nos sumergimos en el universo de Harry Potter, y allí entendí que todos, en algún rincón, seguimos esperando una carta que nos diga quiénes somos en realidad. Esa carta, quizás, fue el viaje en sí.

Universal- Mundo de Mario Bros

Entonces pasó: un golpe de luz. No sé si vino del cielo o de adentro, pero me iluminó un rincón que tenía cerrado desde hacía tiempo. Fue algo parecido a una asana bien hecha, a una respiración consciente, a esa breve suspensión en la que uno no está ni dentro ni fuera, sino justo donde tiene que estar.

Como profesor de yoga, pensé mucho en cómo Japón, sin llamarlo yoga, vive muchos de sus principios: la atención plena, el respeto por el espacio, el silencio como refugio, la reverencia por lo invisible. No es yoga con nombres en sánscrito, pero es yoga en acto: en la ceremonia del té, en el gesto de dejar los zapatos fuera, en la forma en la que cuidan un jardín como si fuera el alma.

Kiyomizu-Dera

Y entendí que más allá de las formas, el yoga no se practica solo sobre una esterilla. También se practica cuando caminas sin prisa, cuando escuchas de verdad, cuando entiendes que el viaje es hacia dentro, aunque el tren vaya hacia el norte.

Kiyomizu-Dera

Han pasado meses y aún estamos allí, a veces, sin querer. En un rincón de Takayama. En un jardín de Kioto. En un andén de Tokio. El viaje sigue vivo, y eso solo pasa cuando has viajado con la persona adecuada. A veces pienso que no fuimos a Japón: Japón vino a abrirnos.

Y lo hizo con la delicadeza brutal de lo que cambia sin hacer ruido.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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