
Llegar a clase de yoga con tiempo no es solo una cortesía hacia los demás. Es, sobre todo, un acto de cuidado hacia uno mismo. Una forma sutil —pero muy concreta— de empezar a practicar antes de que comience oficialmente la clase.
Entrar sin prisa en la sala ya es parte de la práctica. El silencio que te recibe, la luz que filtra desde alguna ventana, el olor a madera o incienso que flota en el aire como una promesa de quietud. Todo eso te dice algo: ya estás aquí. No donde estabas hace una hora, no donde estarás luego. Aquí. Ahora.
Escoger tu esterilla, alinear tu cuerpo con el suelo, sentarte en la postura del loto o tumbarte en savasana antes de que suene una voz o una campana. Dejar el móvil fuera, como si dejaras también fuera el ruido, los pendientes, las alertas, los “me queda esto por hacer”. Ese pequeño gesto —tan simple y, a veces, tan difícil— de apartar lo que no pertenece a este momento.
Porque estar unos minutos a solas contigo, sin exigencias, sin pantallas, sin explicaciones, es algo escaso. Y sin embargo, en esa espera tranquila empieza el verdadero sentido de venir aquí. No has venido a hacer posturas. Has venido a aflojar el nudo. A volver a ti. Y para eso hace falta espacio.
Pero hay algo más. Algo que también se pierde cuando llegamos con prisa, como quien aterriza de golpe en una conversación a medio empezar. Porque cuando no llegamos a tiempo, nos perdemos el nosotros.
En yoga, aunque practiquemos en silencio, se crea una red invisible. Una vibración común, como una respiración colectiva que se va sincronizando incluso antes de que empiece la clase. Es sutil, casi imperceptible, pero real. El simple hecho de compartir la quietud, de sabernos juntos en la pausa, genera una sensación de pertenencia. Y eso también es sanador.
Cuando uno llega tarde, interrumpe ese tejido. Y no por mala intención, sino porque no ha podido llegar entero. No ha tenido tiempo de entrar del todo. De mirar. De sentirse parte. Y entonces, en lugar de estar con, estamos en. Que no es lo mismo.
Uno mismo, en esa pausa previa crea como un espacio sagrado. El momento en el que te reencuentras contigo, pero también con los otros. Porque en esta práctica no estás solo. Somos muchos respirando juntos, aunque en silencio. Y eso también es parte del yoga.
Así que llegar a tiempo es darte ese regalo. El de la presencia, el de la calma, el de sentir que formas parte. No por obligación, sino porque te has permitido estar desde el principio. Sin urgencia. Sin ruido. Entero.