—Prueba a levantar solo una pierna —les digo—, y de pronto el mundo se vuelve asimétrico.
Eka Pada Chaturanga Dandasana no entra en escena con estruendo, sino con ese silencio que exige escucha: escucha hacia el cuerpo, hacia la mente, y hacia el temblor que surge cuando lo uno se separa de lo otro.
Observo a mis alumnos como quien ve a alguien escribir una carta a mano: cada gesto es íntimo, vulnerable. Uno se tambalea en el paso previo. Otra contiene la respiración como si fuera oxígeno prestado.

—Recuerda: las muñecas bajo los hombros. Escápulas activas, pero sin rigidez.
La pierna de apoyo quiere hundirse en la tierra, arraigar, volverse raíz.
La pierna que se eleva, sin embargo, se convierte en pregunta: ¿hacia dónde me dirijo cuando me sostengo solo en lo justo?
El tronco debe permanecer paralelo al suelo. Las caderas alineadas. El pecho abierto, aunque no caiga. Este no es un descenso, les digo, sino una suspensión: el instante anterior a caer, sostenido con conciencia.
Les observo luchar con la técnica como si fuese un idioma nuevo.
Algunos entienden la acción del core como una contracción, otros como una intuición.
No hay una sola forma de habitar la postura, pero sí una dirección:
de fuera hacia dentro,
del músculo al hueso,
del esfuerzo a la entrega.
—No se trata de aguantar —les susurro mientras camino entre las esterillas—.
Se trata de habitar el umbral, ese punto exacto donde el cuerpo y la mente negocian con la gravedad.
Y entonces ocurre.
Uno de ellos encuentra el gesto justo.
No el más estético, sino el más honesto.
No el más fuerte, sino el más despierto.
El peso se reparte.
El aire se vuelve denso.
Y por un momento —pequeño, pero suficiente—,
todos entendemos que esta asana es menos una postura que un estado:
el equilibrio entre lo que aún sostiene y lo que ya se suelta.