Las rodillas también tienen memoria

Un día cualquiera —tal vez un martes, que es un día que nunca hace mucho ruido— alguien se agacha a atarse los cordones y nota algo raro.

No es dolor, exactamente. Es más bien una fricción leve, como el roce de una hoja seca entre dos páginas.

Se incorpora, sigue el día.

La rodilla no insiste.

Pero unas semanas después, al bajar unas escaleras, lanza un pequeño aviso. Un gesto breve. Como quien da un golpecito en el hombro para decir: “Aquí estoy, no te olvides de mí.”

Así empiezan muchas historias.

Las rodillas no suelen quejarse sin motivo. Llevan años sosteniéndolo todo: el peso del cuerpo, los pasos apurados, las carreras largas, los giros mal medidos. A veces también sostienen lo que no les corresponde: la impaciencia, la autoexigencia, el deseo de llegar más lejos sin mirar hacia adentro.

Cuando la rodilla falla, muchas veces no es porque esté rota, sino porque está cansada. Porque ya no puede seguir sin que alguien le preste atención.

Ahí es donde el yoga se convierte en otra cosa. No en la disciplina flexible y estética que aparece en las fotos, sino en una herramienta de escucha.

No se trata de hacer más, sino de hacer distinto.

De entender que una postura no se mide por el grado de la flexión, sino por la calidad de la intención.

Las rodillas, igual que algunas emociones, tienen memoria.

Recuerdan las torceduras y los impactos, pero también recuerdan el cuidado.

Una práctica consciente —con apoyos, con tiempo, con respeto— puede hacer que una rodilla vuelva a confiar.

No como antes. Sino mejor.

En yoga, aprender a doblar la rodilla no es solo un gesto físico.

Es un acto de atención.

Es detenerse un momento antes de avanzar.

Es preguntarle al cuerpo si puede, si quiere, si le conviene.

Y lo curioso es que quienes corren —por gusto, por hábito, por necesidad— no tienen por qué dejar de hacerlo.

Solo tienen que escuchar más.

Porque correr también puede ser una forma de cuidado, si se hace desde la consciencia.

Y el yoga, en ese sentido, no viene a sustituir nada.

Viene a afinar el oído.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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