Lo que me gusta de correr es que, al igual que en el yoga, uno avanza escuchando el silencio que hace su propio cuerpo.
Hay cuerpos que gritan y otros que susurran.
El de Álvaro, por ejemplo, susurraba desde la rodilla.
Corredor aficionado, como tantos que buscan en el asfalto una forma de respirar más hondo. Empezó a venir a mis clases después de una resonancia que le habló con frialdad: lesión en el cuerno posterior del menisco interno. Fue entonces cuando su cuerpo le pidió otra forma de moverse.
No era la primera vez que alguien llegaba a clase con esa mezcla de entusiasmo e incertidumbre: “¿Puedo hacer yoga si tengo una lesión en la rodilla?”
La respuesta corta es sí.
La larga es que depende de cómo lo hagamos.
Con Álvaro trabajamos despacio. No porque fuera débil, sino porque había que restaurar el diálogo con su cuerpo. Le enseñé que el yoga no es una coreografía de posturas perfectas, sino una práctica de escucha. Aprendió a alinear las rodillas en Tadasana, a fortalecer cuádriceps sin tensión en la articulación, y a rendirse con cuidado en posturas como Supta Padangusthasana (con cinturón, siempre). Abandonó la idea de “logro” y descubrió la de “sostén”.
Lo que las articulaciones necesitan
Las articulaciones son como las bisagras de una puerta que abrimos todos los días. Si no las cuidamos, chirrían. Si las forzamos, se rompen.
El yoga nos enseña a:
• Crear espacio sin sobrecargar.
Movimientos lentos, conscientes, que lubrican y estimulan el líquido sinovial.
• Fortalecer sin rigidez.
El trabajo isométrico en posturas como Virabhadrasana II ayuda a estabilizar sin tensión.
• Escuchar el “no todavía”.
Saber cuándo una postura puede hacerse más suave, más precisa, o sencillamente no hacerse.
Para quienes corren (o simplemente viven)
Correr desgasta si no compensamos con conciencia postural.
El impacto se acumula en rodillas, caderas, tobillos. Lo mismo pasa con quienes pasan muchas horas sentados. Yoga puede convertirse en un refugio para las articulaciones, no solo para estirar, sino para reeducar.
Con el tiempo, Álvaro volvió a correr. No como antes. Mejor.
Porque ahora entiende que el cuerpo no es una máquina de rendimiento, sino un paisaje que hay que cuidar para seguir habitando.
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Conclusión:
Practicar yoga no es dejar de hacer lo que amas. Es aprender a hacerlo mejor, con más respeto hacia tus límites y más amor por tu proceso.
Si tus rodillas, caderas o muñecas te hablan —aunque sea bajito—, escúchalas. El yoga puede ser ese idioma intermedio entre tu deseo de moverte y tu necesidad de cuidarte.
No corras para ganar. Haz yoga para quedarte.