Dicen que todos tenemos un Ikigai, un motivo por el que levantarnos cada mañana. No siempre es grandioso, no siempre brilla a simple vista. A veces, es apenas un hilo fino que se desliza entre los días, y solo cuando uno se detiene y escucha en silencio, puede empezar a seguirlo.
Durante años trabajé en banca. Lo hice con dedicación, como se hacen las cosas que uno cree que debe hacer. Cumplía horarios, perseguía objetivos, cumplía expectativas. Pero algo en mí —algo profundo y callado— no se sentía vivo del todo. Como si cada día me fuera alejando, de a poco, de una parte esencial de mí mismo.
El yoga llegó como una grieta en la rutina. Un espacio de silencio, de respiración, de escucha. Al principio solo era una práctica, luego fue una necesidad, y con el tiempo, se convirtió en mi forma de estar en el mundo. Me mostró el cuerpo como un territorio sagrado. Me enseñó que habitarlo es un acto revolucionario. Y me regaló una verdad sencilla pero poderosa: enseñar también es una forma de sanar.
Dejar la banca no fue fácil. No lo fue por fuera, ni por dentro. Pero cuando uno se acerca a su Ikigai, algo cambia en la manera en que respira el mundo. Hay una calma diferente, una certeza silenciosa. No hay fuegos artificiales, solo un paso firme hacia lo que de verdad importa.
Hoy, como profesor de yoga, no enseño desde un lugar de perfección, sino desde el camino. Acompaño a otros —como me acompañaron a mí— a reencontrarse con su cuerpo, con su respiración, con su presente. Y a veces, en medio de una clase, cuando todo está en silencio y solo se escucha el aire moviéndose dentro y fuera del pecho, siento que estoy exactamente donde tengo que estar.
Ese, para mí, es el Ikigai. No es un destino. Es el modo en que caminamos, el modo en que elegimos estar, día tras día.