El cuerpo no olvida, pero puede sanar

Hay días en los que el cuerpo pesa más que de costumbre. Como si llevara dentro una pequeña piedra escondida en el pecho, o un hilo enredado que tira hacia dentro de la cadera, o la memoria secreta de una torcedura en la rodilla. Uno se pone de pie por la mañana, se sirve una taza de café, y antes de darse cuenta ya está arrastrando la pierna derecha un poco más que la izquierda. Como si el cuerpo estuviera contando su propia historia, en voz baja, sin pedir permiso.

En mis clases, intento escuchar esa voz. No desde la rigidez de una postura perfecta, sino desde un espacio donde el movimiento tiene permiso para ser curioso. El yoga, cuando se libera de la idea de solo estirar o calmar, se convierte en algo más parecido a una conversación con el cuerpo. Una conversación donde también entra el movimiento funcional: levantar, rotar, empujar, estabilizar. Como si le dijéramos al cuerpo: sé útil, pero también sé libre.

Entonces, cuando al yoga le añadimos trabajo de fuerza —el peso de nuestro propio cuerpo, la resistencia sostenida, la intención muscular—, algo cambia. El cuerpo comienza a recordar que fue hecho no solo para fluir, sino también para sostenerse. Que no todo tiene que ser ligero, ni todo tiene que doler. A veces es simplemente encontrar el equilibrio entre moverse con elegancia y tener la capacidad de resistir.

Y luego están las clases particulares. Ese espacio íntimo, donde se puede ver con claridad que no todos los cuerpos son iguales. Donde una cadera que no rota bien, una rodilla que siempre cruje o un tobillo que duda al apoyar, no son problemas abstractos, sino parte de una historia real. Una historia que se puede reescribir con tiempo, atención y una práctica diseñada para esa persona y no para un molde.

He visto cómo, con una práctica adecuada, el cuerpo empieza a confiar de nuevo. Cómo el dolor deja de ser protagonista y pasa a ser un recuerdo. Cómo alguien que llegó sin poder sentarse en el suelo termina, meses después, sosteniendo una postura que parecía imposible. No porque se haya vuelto más flexible o fuerte en un sentido genérico, sino porque su cuerpo volvió a encontrar su camino.

En ese camino no hay atajos. Pero sí hay acompañamiento, escucha, práctica, y ese tipo de entrenamiento consciente que no solo entrena músculos, sino también presencia. Lo importante no es hacer más, sino hacerlo mejor. Y hacerlo contigo, no contra ti.

Quizá eso sea lo más valioso: recordar que no hemos venido aquí a soportar el cuerpo como una carga, sino a habitarlo como un hogar. Y que el dolor, cuando se le presta atención en el momento adecuado, puede ser la puerta hacia un cuerpo más despierto, más fuerte, y finalmente, más libre.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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