A menudo se piensa que una clase online es fría, que la pantalla levanta un muro entre las personas. Yo también lo creí en un principio. Sin embargo, la experiencia me enseñó otra cosa: que al otro lado de la cámara hay alguien que respira conmigo, que se mueve al mismo ritmo, que busca lo mismo que yo cuando me siento en la esterilla —un poco de calma en medio del ruido.
En mis clases online presto tanta atención como si estuviéramos en la misma sala. Observo hombros que se tensan, espaldas que se arquean de más, rodillas que piden un ajuste. Doy correcciones sencillas, adaptadas a cada cuerpo y a cada momento. No necesito tocar físicamente para acompañar; a veces una palabra precisa, dicha en el instante justo, abre más espacio en la postura que cualquier ajuste manual. Recuerdo a una alumna que, después de varias semanas practicando en su salón, me confesó que sentía mi voz como si estuviera sentada a su lado. Ese día comprendí que la verdadera cercanía no depende de la distancia, sino de la atención.
Y ahí está la otra verdad: el yoga online no es solo una práctica física, es un aliado en la vida diaria. Muchos llegan cansados del trabajo, con la mirada fija en la pantalla del ordenador, la espalda encogida, el ánimo disperso. En una hora de práctica, todo cambia: la respiración se hace más amplia, el cuerpo recupera su eje, la mente se despeja. Como si hubieran pulsado un botón secreto que reinicia el día.
A veces me dicen: “No sé cómo lo consigues, pero después de una clase online siento que he estado en un lugar distinto, aunque no me haya movido de casa”. Y quizá sea así: practicamos juntos, a kilómetros de distancia, pero compartimos un mismo espacio invisible, hecho de respiración, silencio y presencia. En ese espacio no hay pantallas, solo la certeza de estar acompañados.