La práctica de yoga como laboratorio para la vida diaria: lo que aprendes en asana y cómo se refleja fuera.

El otro día, en mitad de una postura de equilibrio, descubrí que estaba pensando en la cola del supermercado. No en la respiración, ni en la alineación de mi rodilla, sino en aquella señora que siempre paga con monedas de céntimo, una a una, mientras el mundo entero parece detenerse. Y pensé: “Esto es exactamente igual que sostener el equilibrio sobre un pie”.

El yoga funciona como un extraño laboratorio doméstico. Uno llega con la intención de estirarse, respirar profundo, quizá alcanzar un poco de calma… y de pronto, sin darse cuenta, está practicando la paciencia, la resiliencia y la capacidad de no salir corriendo cuando todo dentro de ti grita “basta ya”. Cada asana es como una cápsula de la vida diaria: breve, intensa, incómoda, con momentos en los que quieres escapar y otros en los que descubres que puedes permanecer un poco más.

En Virabhadrasana II (Guerrero 2), por ejemplo, uno entrena la firmeza de no dejarse arrastrar por la corriente —esa misma firmeza que luego te ayuda a sobrevivir a una junta de vecinos interminable. En una torsión profunda, mientras las costillas protestan, uno aprende a negociar con el malestar, lo mismo que cuando tu jefe propone una reunión un viernes a las 7 de la tarde. Y en Savasana, esa tumba amable, uno entrena la rara habilidad de soltar el control, algo que después resulta útil cuando entiendes que tu tren se ha ido y no volverá hasta dentro de una hora.

Lo curioso es que en el mat la incomodidad tiene un propósito. Estás ahí, enredado en tu propio cuerpo, y descubres que puedes sonreír en medio de la tensión, que no todo es sufrimiento ni heroicidad. A veces basta con ceder un poco, dejar de luchar contra lo inevitable, y entonces la postura —y la vida— se vuelven más llevaderas.

Supongo que por eso sigo practicando. No porque quiera alcanzar la postura perfecta (eso solo existe en los manuales de yoga con modelos demasiado flexibles para ser reales), sino porque en cada práctica ensayo la vida misma. Me caigo, me levanto, me río de mí mismo, y vuelvo a intentarlo. Y con suerte, cuando me enfrento a los supermercados, a los vecinos o a los correos que llegan a las 23:47, tengo un poco más de paciencia, un poco más de espacio, y un poco más de humor.

Al final, el yoga no me ha vuelto más flexible. Ni más iluminado. Lo que sí ha hecho es darme un entrenamiento intensivo para no volverme loco. O, al menos, no más loco de lo que ya estaba.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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