El yoga empieza antes de extender la esterilla

(Crónica desde la esterilla)

Hay quien cree que la práctica de yoga empieza al sentarse en la esterilla. Error.

Empieza bastante antes, normalmente en el portal del edificio, cuando decides si sonríes al cruzarte con alguien o bajas la mirada al suelo, como si la compasión fuera opcional y la timidez, una virtud espiritual.

Cruzas la puerta del estudio con prisa, aunque vengas a buscar calma. Lo paradójico pasa inadvertido: entras al templo de la conciencia mirando el móvil, contestando un mensaje que probablemente no merecía tanto. Dejas las zapatillas en el suelo —a veces en orden, a veces como quien deja caer una excusa— y ya desde ahí el cuerpo empieza a contarte de dónde vienes.

No necesitas ser psicólogo. Basta mirar cómo colocas la esterilla.

Si la despliegas con cuidado o la lanzas al suelo como si te esperara una batalla.

Si eliges siempre el mismo sitio, como quien busca su asiento en el colegio, o si te atreves a moverte de lugar aunque el espejo ya no te devuelva el perfil bueno.

El sitio que eliges para practicar suele decir más de ti que tu carta astral.

Mientras esperas a que empiece la clase, puedes notar el murmullo: gente que se conoce desde hace meses sin haberse preguntado jamás cómo se llama el de al lado. Han compartido docenas de exhalaciones sincronizadas, pero ni una conversación.

La tribu silenciosa del yoga moderno.

Tal vez el verdadero asana sea ese: sostener una mirada sincera durante más de dos segundos sin sentir incomodidad.

Luego viene la práctica.

Y el cuerpo, ese traidor sin filtro, empieza a hablar.

Cada tensión, cada bloqueo, cada respiración a medias es un mensaje que te llega sin notificación previa.

El hombro que sube sin motivo, la mandíbula que aprieta, la cadera que se niega a soltar: todos dicen algo que tú llevas tiempo evitando escuchar.

El cuerpo no miente.

Y es cierto.

Tú sí. Tú te cuentas historias sobre flexibilidad, equilibrio o progreso espiritual, pero el cuerpo lo desmiente todo en tres respiraciones.

Al final de la clase llega Shavasana, el gran examen del silencio.

Ahí se revela todo: el que no puede quedarse quieto, el que abre un ojo por si alguien ya se levantó, el que se relaja tanto que ronca.

Cada uno a su manera, enfrentándose al abismo de estar con uno mismo sin una tarea que cumplir.

Y luego, cuando la sesión termina, vuelve el ritual: rodillas al pecho, manos en oración, “Namasté” murmurado con solemnidad. Pero basta salir a la calle y mirar el reloj para que se desvanezca toda la paz recién adquirida.

La iluminación, al parecer, no sobrevive al cruce de semáforos.

Sin embargo, algo queda.

Una sospecha: que la práctica no trata de dominar posturas, sino de observar qué parte de ti se resiste a doblarse, a rendirse, a mirar.

Que el yoga no te transforma: te desnuda.

Y que el verdadero espejo no está frente al alumno, sino dentro del cuerpo que, día tras día, te muestra sin juicio quién eres cuando nadie te ve.

Quizá todo empiece, en realidad, con algo tan simple —y tan revolucionario— como mirar a los ojos a quien pone su esterilla junto a la tuya.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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