Recuerdo mi primera carrera de ultradistancia.
Era en Cercedilla (Sierra de Guadarrama) , más de cien kilómetros de subida, bajada, y muchas dudas.
La tarde anterior, mientras recogía el dorsal, escuché un comentario sobre las piernas de los corredores de montaña: fuertes, potentes, sólidas.
Yo miré las mías.
Delgadas, más de asfalto que de roca.
Y me entró ese pensamiento traicionero:
“¿Y si no estoy hecho para esto?”
Dormí poco esa noche.
No por nervios, sino por miedo.
Miedo a no hacerlo bien.
A no estar a la altura.
A fallar.
Y lo curioso es que ese miedo no se quedó en las montañas.
Lo he visto muchas veces también en la sala de yoga.
Personas que entran por primera vez y se colocan al fondo, lejos del espejo, lejos de la mirada de los demás.
No porque no puedan hacerlo, sino porque temen no hacerlo bien.
Como si la esterilla de la primera fila solo perteneciera a quienes ya dominan las posturas.
Y también lo he visto fuera del mat:
en una reunión donde alguien evita hablar,
en una conversación donde se guarda lo que siente,
en una clase donde no se atreve a probar por miedo a caer.
El miedo a no hacerlo bien te frena.
Te roba la oportunidad de hacerlo, aunque sea regular.
Te roba la experiencia de aprender, de sentir, de avanzar.
La verdad es que nunca estás totalmente preparado.
Ni para una ultra de cien kilómetros,
ni para la primera clase de yoga,
ni para hablar en una sala llena de gente.
Solo hay una manera de hacerlo bien:
hacerlo, aunque no salga perfecto.
Porque el miedo no desaparece cuando lo piensas.
Desaparece cuando das el paso.
Y ese paso, sea en una montaña, una esterilla o en tu vida,
siempre empieza igual:
con una respiración profunda
y una frase silenciosa dentro de ti que dice:
Aquí estoy.