Crónica de un alumno que quiso aprenderlo todo.
Hace muchos años, cuando todavía me estaba formando como profesor, convertí Madrid en mi campo de pruebas.
Durante más de cuatro años, de lunes a domingo, sonaba el despertador a las 5:15.
A las 6:00, sin excepción, estaba en mi esterilla practicando Ashtanga.
Mysore, respiración, sudor y silencio.
Un ritual ininterrumpido.
Y cuando terminaba, muchas veces no volvía a casa.
Saltaba de barrio en barrio, buscando otra sala, otro profesor, otra mirada.
Chamberí. Lavapiés. Retiro. Malasaña.
Yoga Terapéutico por la mañana.
Vinyasa al mediodía.
Un taller por la tarde.
Y algunos días, mis propias clases, donde intentaba entender qué significa enseñar de verdad.
Fueron meses —años— intensos.
Una especie de peregrinaje urbano.
Una búsqueda sincera… y a veces obsesiva.
El día que lo vi claro
En una de esas rutas entré a una sala muy conocida.
El profesor era casi una leyenda.
Un nombre repetido en corrillos, recomendado como si ofreciera iluminación en cómodos plazos.
Llegué puntual.
Él, no.
Entró tarde, con parsimonia estudiada, y nos miró como si aquella espera formara parte de la enseñanza.
Luego dijo:
“Dejad las expectativas.”
Lo dijo con un tono que dejaba clara la suya:
que lo admiráramos.
La clase fue impecable.
Ajustes finísimos.
Explicaciones brillantes.
Todo perfecto.
Pero había un perfume sutil en el aire.
Algo que no venía del incienso.
Un ego espiritual elegante, pulido, que se camuflaba bajo palabras suaves y aire místico.
Salí reflexionando.
No sobre la técnica, sino sobre la escena.
Comprendí que, en el yoga —como en cualquier ámbito humano—, también hay personajes.
Y que algunos no levantan la voz… porque prefieren que otros se la presten.
Reflexión final
El yoga no es un escenario.
No es un trofeo.
No es un certificado de superioridad.
El yoga te enfrenta a ti mismo.
Sin público.
Sin filtros.
Sin aplausos.
Ahí surge el ego espiritual.
Ese que habla de desapego mientras exige admiración.
Ese que presume de humildad.
Ese que enseña para ser visto.
Ese que olvida respirar y solo observa cómo otros lo miran.
Todos caemos.
Algunos más, otros menos.
Todos lo reconocemos tarde o temprano.
La práctica real no está en la postura perfecta.
Está en aceptar la sombra.
La vanidad.
La impaciencia.
La pequeñez.
No necesita incienso.
No necesita mantra.
No necesita aprobación.
Solo está.
Solo respira.
Solo observa.
El yoga no te hace superior.
Te hace honesto contigo mismo.
Te obliga a mirar tu ego, a no disfrazarlo, a no justificarlo.
Si aprendes eso…
Si realmente lo aprendes…
Entonces tu presencia, dentro y fuera de la esterilla, empieza a tener sentido.
Sin artificios.
Sin miedo.
Solo con verdad.
Tu turno
¿Qué has visto tú en tu práctica?
¿Has reconocido tu ego espiritual o el de otros?
Déjame tu comentario y comparte tu experiencia.