Hubo una época de mi vida en la que el cuerpo no protestaba.
O, al menos, eso creía yo.
Entrenaba mucho, trabajaba mucho, dormía poco y siempre tenía la sensación de estar llegando tarde a algo, aunque no supiera muy bien a qué. Todo funcionaba. O parecía hacerlo. El problema es que cuando todo “funciona” durante demasiado tiempo, dejamos de escuchar las pequeñas señales.
Vivimos rodeados de ruido, pero no siempre del ruido que se oye. Hay otro más persistente y más dañino: el de la prisa constante, el de la exigencia continua, el de la necesidad de estar siempre disponibles. Un ruido que no viene de fuera, sino que se instala dentro y se queda.
Durante años pensé que el estrés era algo normal. Incluso útil. Una especie de combustible moderno. Hoy sé que no lo es. El cuerpo no está diseñado para vivir en tensión permanente, aunque la sociedad lo haya normalizado.
Viví dos años en Canadá, en Vancouver. En la esquina de Robson con Jervis, en un edificio alto —treinta y tantas plantas— desde el que cada mañana veía el mar y, más allá, las montañas nevadas. No hacía falta meditar ni hacer yoga. Bastaba con mirar por la ventana y quedarse un momento ahí.
Aquella vista tenía un efecto curioso. Sin proponérselo, ordenaba. La respiración se volvía más amplia. El pecho dejaba de estar contraído. La mandíbula, que suele apretarse sin pedir permiso, se aflojaba. El cuerpo respondía antes de que la mente sacara conclusiones.
Con el tiempo entendí algo fundamental: el entorno regula. Y cuando el entorno no regula, el cuerpo se defiende. Muchos de nosotros vivimos en lo que se conoce como modo supervivencia: el sistema nervioso simpático activado casi todo el tiempo, como si cada estímulo fuese una amenaza. El cuerpo no distingue entre un peligro real y una bandeja de entrada llena. Responde igual.
El yoga apareció en mi vida no como una solución milagrosa, sino como una forma de observación. No se trataba de hacer más, sino de notar más. Notar cómo respiraba. Con qué velocidad me movía. Qué ocurría cuando no hacía nada durante unos segundos.
La respiración fue la primera puerta. Respirar más lento, alargar la exhalación, permitir pequeñas pausas. Desde el punto de vista del sistema nervioso, eso es un mensaje muy claro: ya no hay urgencia. El cuerpo entiende ese lenguaje sin necesidad de explicaciones.
Después llegó el ritmo de la práctica. Menos estímulos, menos transiciones rápidas, menos exigencia. Descubrí algo importante: moverse despacio no es fácil. Porque cuando el cuerpo baja el ritmo, la mente se queda sin distracciones. Y ahí aparece todo lo que solemos tapar con actividad constante.
La atención plena no llegó como una idea espiritual, sino como una consecuencia lógica. Cuando el cuerpo se siente seguro y la respiración se estabiliza, la mente deja de correr. No porque la controles, sino porque ya no lo necesita.
Hoy entiendo el yoga como un espacio de reeducación del sistema nervioso. Un lugar donde el cuerpo aprende, poco a poco, que no todo es una amenaza, que no todo es urgente, que se puede vivir con intensidad sin vivir acelerado.
No se trata de eliminar el estrés —eso no es realista—, sino de dejar de habitarlo constantemente. De salir, aunque sea durante una hora, del modo supervivencia y recordar cómo se siente estar presentes.
Quizá ese sea el verdadero antídoto:
no hacer más,
sino volver a sentir.