Las señales que no vemos

Empiezo 2026 con una idea que me visita a menudo: no nos damos cuenta de lo importante.

Yo, el primero.

Me pasa con cosas pequeñas, tan pequeñas que creo que estarán ahí mañana.

Llevo más de quince años practicando yoga, y fue una señal la que me llevó por ese camino.

Recuerdo un día cualquiera, caminando sin rumbo, cuando alguien me habló de una clase en un centro cercano.

No sabía nada de yoga, ni siquiera qué esperar, pero algo dentro de mí me empujó a ir.

Una sensación leve, como un susurro.

La seguí.

No me expliqué por qué, solo fui.

Y así comenzó todo.

Recuerdo aquellas primeras prácticas: el cuerpo duro, la respiración corta, la cabeza incapaz de estarse quieta.

Con el tiempo entendí que el yoga no va de llegar.

Va de escuchar, de notar cuándo sostener y cuándo soltar.

Fuera de la esterilla intento hacer lo mismo.

Llamo a mi madre todos los días.

Forma parte de mi vida.

Es mi confidente en todos los aspectos.

Y el día que no la llamo lo noto.

No en la cabeza, en el cuerpo, como una postura mal alineada.

Me arrepiento.

Su voz me recoloca.

Me devuelve al centro sin esfuerzo.

También he aprendido que estamos rodeados de señales.

No son grandes anuncios luminosos, son pequeños impulsos, casi nada.

Una frase en un libro que subrayas sin saber por qué.

Una escena de una película que te deja inquieto.

Un vecino que dice algo al pasar y, sin venir a cuento, te responde una duda que llevabas días rumiando.

Las señales no traen soluciones cerradas.

Solo te empujan un poco.

Te ayudan a escuchar eso que ya sabías pero no te atrevías a admitir.

Desde la Kábala entendí que la intuición no hace ruido.

Es Jojmá, esa chispa breve que aparece sin avisar, y Biná, la capacidad de sostenerla y comprenderla.

La intuición no habla alto.

Susurra.

Y cuando dejo de correr, cuando me quedo quieto un momento, la oigo.

Este año quiero vivir así: más atento, más presente, escuchando más y forzando menos.

Porque lo importante no grita.

Y hoy, como cada día que importa, llamaré a mi madre.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

Deja un comentario