No todo ejercicio sirve para todo el mundo, y descubrirlo tarde suele salir caro.

Tengo 44 años.

Y no lo digo como un dato biográfico, sino como un punto de observación.

A esta edad uno ya ha probado muchas cosas. Ha entrenado bien y ha entrenado mal. Ha seguido modas, ha copiado rutinas, ha forzado cuando no tocaba y ha ignorado señales que el cuerpo llevaba tiempo enviando. Y entonces entiendes algo fundamental: no todo ejercicio funciona igual para todo el mundo.

Porque el cuerpo no va solo.

Lo físico, lo mental y lo emocional están unidos, aunque muchas veces se entrenen por separado. Una lesión no es solo un tejido dañado: es miedo a moverse, frustración, pérdida de confianza. Y un ejercicio mal elegido no solo duele en el cuerpo, también desgasta la cabeza y apaga la motivación.

Cada movimiento tiene consecuencias distintas según quién lo haga, cuándo lo haga y desde dónde lo haga. Lo que a uno le recupera, a otro le lesiona. Lo que hoy suma, mañana resta. Por eso la idea del ejercicio universal para sanar es cómoda… pero falsa.

En mis clases particulares no trabajo con recetas cerradas. Trabajo con personas.

Uno quiere correr una maratón.

Otro quiere que no le duela la cadera en su día a día.

Otro necesita recuperarse de una lesión para volver a su deporte favorito.

Y otro necesita trabajar la alineación en su práctica de yoga, porque sin estructura no hay avance, solo repetición.

El cuerpo a los 30 pide una cosa.

A los 40 empieza a pedir explicaciones.

A los 50 exige coherencia.

Cuando llevas demasiado tiempo haciendo las cosas mal, llega una verdad incómoda: no siempre se puede recuperar todo lo perdido. Pero casi siempre se puede remitir el daño, reorganizar el movimiento y ganar tiempo nuevo. Tiempo sin dolor. Tiempo con más claridad mental. Tiempo con más calma.

La experiencia no garantiza hacerlo perfecto, pero sí aporta algo clave: criterio. Saber cuándo empujar y cuándo parar. Entender que trabajar solo por objetivos físicos, sin atender a las dolencias ni al estado mental y emocional, es pan para hoy y desgaste para mañana.

Mi forma de trabajar parte de ahí: objetivos claros, sí, pero atravesados por la realidad completa de la persona. Cuerpo, cabeza y emoción. Historia corporal, lesiones, edad, contexto y expectativas. Porque progresar no es hacer más, sino hacer lo que toca, cuando toca y para quien toca.

El cuerpo no entiende de modas.

La mente no entiende de imposiciones.

Y la emoción no responde a la prisa.

Pero cuando las tres van alineadas, el cambio ocurre.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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