¿Qué buscas cuando te subes a la esterilla? ¿O qué propósito tiene el yoga cuando la vida aprieta?

Solo tienes un cuerpo.

No hay otro de repuesto en el trastero por si este falla.

Y sin embargo, la mayoría de nosotros vivimos como si sí lo hubiera.

Te duele la rodilla, pero sigues.

Te tira la espalda, pero sigues.

Te pesa la cabeza, pero sigues.

Hasta que un día no sigues.

Ahí empieza todo.

Recuerdo bien ese momento. No fue épico. No hubo música de fondo ni una revelación espiritual bajando del cielo. Fue más bien algo cutre, de andar por casa.

Un día cualquiera en el que tu cuerpo te dice: “hasta aquí”.

Y tú, que llevabas años ignorándolo con elegancia, te quedas sin argumentos.

Si has tenido una lesión, sabes de qué hablo.

Si has pasado una mala racha, también.

El cuerpo no negocia.

No entiende de excusas.

No le importa tu agenda, tus planes ni tu orgullo.

Yo vengo de correr. Mucho.

De ese tipo de locura que consiste en meterte 100 kilómetros entre pecho y espalda y llamarlo “plan de fin de semana”.

Y ahí aprendí algo curioso.

La gente no corre maratones por correr.

Corre por lo que cree que va a encontrar al otro lado.

Un número.

Una marca.

Una sensación.

Una especie de validación silenciosa que nadie ve, pero que tú sientes.

Y lo gracioso es que cuando llegas…

dura poco.

Muy poco.

Con el yoga pasa algo parecido, pero también muy distinto.

Hay gente que llega buscando flexibilidad.

Otros buscan calmar la cabeza.

Algunos vienen porque están rotos. Literalmente.

Y luego están los que no saben muy bien qué buscan… pero intuyen que algo no encaja.

El problema es que muchos se suben a la esterilla como si fuera otra carrera.

Quieren avanzar.

Quieren mejorar.

Quieren “hacerlo bien”.

Y sin darse cuenta… repiten el mismo patrón que les ha traído hasta aquí.

Más.

Mejor.

Más rápido.

Pero el yoga, cuando de verdad ocurre, no va de eso.

Va de parar.

De escuchar.

De notar cosas que llevaban años ahí, pero que nunca habías querido mirar.

Hay un momento muy concreto que me gusta observar en clase.

Sucede cuando alguien deja de intentar hacer la postura perfecta.

Se le cae la tensión de la cara.

Respira diferente.

El cuerpo cambia sin que pase nada espectacular desde fuera.

Y ahí… empieza el yoga.

Porque igual no viniste a mejorar tu Adho mukha svanasana

Igual viniste a aprender a estar cuando las cosas no salen como quieres.

Igual viniste a reconciliarte con un cuerpo que llevas años tratando como a un enemigo.

Y esto no es bonito todo el tiempo.

A veces es incómodo.

A veces aburre.

A veces te enfrenta contigo mismo de una forma bastante poco romántica.

Pero también tiene algo que engancha.

No porque sea fácil.

Sino porque es real.

Si vienes del deporte, como yo, te costará al principio.

Quieres objetivos.

Quieres progreso.

Quieres saber si lo estás haciendo bien.

Pero aquí la progresión es más traicionera.

No siempre se ve.

No siempre se mide.

Y casi nunca se puede enseñar en Instagram.

Con el tiempo entiendes algo.

No estás aquí para convertirte en alguien nuevo.

Estás aquí para dejar de huir.

Así que te devuelvo la pregunta.

No la de postureo.

No la que queda bien.

La de verdad.

¿Qué buscas cuando te subes a la esterilla?

Porque dependiendo de tu respuesta…

el yoga será una cosa u otra.

Y quizá, solo quizá,

no tenga nada que ver con lo que pensabas.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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