
Como profesor de yoga, entiendo que el ágora no es solo el lugar físico donde nos encontramos, sino el espacio de conexión que creamos, tanto entre nosotros como dentro de nosotros mismos. La voz, mi voz, se convierte en el canal que transporta esa energía, y por eso intento que sea suave, clara y cercana. Cada palabra que pronuncio tiene un propósito: guiar, acompañar, pero también transmitir confianza. Quiero que mis alumnos sientan que, al escucharme, no solo están recibiendo instrucciones, sino también un abrazo sonoro, una invitación a estar presentes y conectados.
Cada día es diferente, tanto para mí como para ellos. El cuerpo de cada persona no es el mismo de una clase a otra, ni sus emociones. Al llegar al mat, tal vez alguien esté lleno de energía, mientras que otro esté agotado o cargado de tensiones. Es por eso que me esfuerzo por estar atento a lo que no se ve: a cómo se sienten, a su respiración, a los pequeños gestos que delatan un estado emocional. El yoga nos enseña precisamente eso: estar presentes, no solo en el cuerpo, sino en las emociones y en la mente. Cada clase es un recordatorio de que no tenemos que ser “perfectos”, solo debemos ser nosotros mismos en ese momento poniendo la mejor intención.
Lo que se genera en una sala de yoga es algo sagrado, algo que va más allá de las posturas. Es un espacio donde cada alumno puede dejar ir lo que ya no le sirve, donde puede explorar, sentir y, sobre todo, soltar. El yoga nos enseña a observarnos sin juicio, a aceptarnos en cada estado, porque cada uno de nosotros es una mezcla de momentos, emociones y experiencias. No importa si hoy estás más rígido o más fluido; lo que importa es que estás aquí, respirando, entregándote al momento presente.
La respiración juega un papel central en todo esto. Cuando uno está ansioso o triste, la respiración se acorta y se vuelve superficial. Pero en yoga, a través de la respiración, encontramos el poder de calmar nuestra mente y cuerpo. Cada inhalación es una oportunidad para llenarnos de vida, y cada exhalación es una invitación a soltar lo que ya no necesitamos. La respiración se convierte en el puente entre lo emocional y lo físico, entre el ser y el sentir. A medida que respiramos con conciencia, el cuerpo se relaja, las tensiones se disipan y podemos entrar en un estado más profundo de conexión con nosotros mismos.
Mi intención, como profesor, no es solo enseñarles a mover el cuerpo de una manera técnica, sino acompañarlos en ese viaje interno, en ese espacio donde la mente y el corazón se encuentran en armonía. Cada clase es una pequeña meditación, una oportunidad para detenernos, para respirar, para escucharnos. Y a través de esa escucha profunda, aprendemos a honrar nuestro cuerpo, nuestros sentimientos y, sobre todo, nuestro ser.
Así, el ágora del yoga se convierte en un espacio de transformación, donde la voz, la respiración y el cuerpo se encuentran para ofrecer algo mucho más grande que un simple ejercicio físico: la oportunidad de ser más libres, más presentes, más nosotros mismos.