Cómo respirar en un mundo que no deja de correr

Algunas mañanas el mundo parece un disco viejo que gira sin fin en un tocadiscos olvidado. Suena la misma melodía una y otra vez, con un rayón justo en el estribillo. En la calle, la gente camina deprisa, como si supiera hacia dónde va. En casa, las noticias parecen escritas para otra dimensión. Y uno se pregunta: ¿cómo no perder la cabeza en medio de tanto ruido?

El yoga, discreto y testarudo, aparece como ese amigo que no llama mucho, pero cuando lo hace siempre trae pan caliente bajo el brazo. No grita, no promete salvación eterna, solo susurra: “ven, siéntate, respira, mueve un poco los hombros y dime cómo te va”. Y, curiosamente, suele ir mejor después.

La ciencia, siempre tan seria, ya lo confirma. Practicar un par de veces por semana puede mejorar el sueño, bajar el estrés y aquietar la ansiedad. Es como si alguien hubiera escrito con bata blanca lo que ya intuíamos sudando sobre la esterilla. Aunque, claro, si te da por hacer la sesión justo antes de dormir, es probable que te quedes con los ojos abiertos mirando el techo, con el corazón acelerado como si hubieras corrido a por el autobús. Así es la ironía del asunto: el yoga te calma, pero si eliges mal la hora, te desvela.

Lo interesante es que no necesitas un templo zen en el Himalaya para practicarlo. Basta un espacio del tamaño de una alfombra, o incluso menos. Quince minutos al día pueden hacer más por tu mente que horas de desplazamientos inútiles. Posturas sencillas, respirar sin prisas, sentir que los pensamientos bajan el volumen como un televisor en mute. No se trata de ser flexible como un contorsionista de circo, sino de ser constante como el que riega una planta cada mañana.

Y sí, habrá días en los que la pereza se siente en el sofá con una cerveza en la mano y te mira desafiante. En esos días, aunque solo te tumbes boca arriba y respires, ya ganaste. Porque la práctica no va de perfección, va de volver. Una y otra vez. Como el disco rayado, pero esta vez con sentido.

Al final, el yoga no cambia el mundo de fuera. El ruido seguirá ahí, las noticias, los plazos, la prisa. Lo que cambia es cómo lo habitas tú. Es ese momento secreto en el que descubres que dentro de ti hay un lugar más amplio que cualquier ciudad. Un rincón donde, de pronto, el disco vuelve a sonar limpio y la melodía te acompaña sin que duela.

Publicado por Benjamín Cabrero

Cuando hablo de yoga y de correr

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