Me despierto temprano.
Antes de que suene ningún despertador.
La casa está en silencio.
Ese silencio nuevo, distinto.
No es el de antes. Ahora tiene algo de espera.
Voy a la cocina.
Primer café del día. Sin prisa.
El sonido de la cafetera es casi un ritual.
Durante unos minutos, todo está en pausa.
Pienso poco.
O mejor dicho, pienso distinto.
Hace unos meses todo giraba en torno a correr, entrenar, organizar clases, llegar a más.
Ahora no es que eso haya desaparecido.
Pero ha cambiado de sitio.
Mi hija todavía duerme.
Y en ese pequeño margen de tiempo cabe todo:
el café, el silencio… y una especie de gratitud difícil de explicar.
Luego el día empieza.
Y empieza de verdad.
Las clases ya no son solo clases.
Las sesiones particulares tampoco.
Hay algo más.
Más presencia. Menos prisa.
Escucho más. Corrijo menos.
Acompaño.
En las clases guiadas noto cómo cambia el ritmo.
No hace falta hacer más.
Hace falta estar.
Y en las sesiones personales, todavía más.
Ahí todo se vuelve concreto.
La respiración, una rodilla, una historia detrás de cada cuerpo.
Es otro tipo de atención.
Más fina. Más real.
Es curioso.
Pensaba que enseñar yoga era guiar a otros hacia cierta calma.
Ahora entiendo que también es sostener lo que hay. Sin querer cambiarlo demasiado.
Como en casa.
Entre clase y clase, entre algún rato suelto, voy dando forma a lo siguiente.
Sin ruido. Sin prisa.
Una nueva web.
Un espacio más ordenado, más claro…
donde irán apareciendo nuevas clases, también en vídeo.
Poco a poco.
No duermo tanto.
No entreno igual.
No tengo el mismo tiempo.
Pero hay algo que, sin buscarlo, ha aparecido.
Una forma distinta de estar.